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Artículo publicado por Vicenç Navarro en la columna “Dominio Público” en el diario PÚBLICO, 15 de mayo de 2014

Este artículo analiza críticamente el libro de Thomas Piketty, Capital in the 21st Century, que ha sido definido, con razón, como uno de los libros más importantes que se han publicado en los últimos treinta años. El artículo señala los aspectos positivos del libro, pero señala también sus insuficiencias y silencios, que limitan su capacidad de análisis de la realidad de hoy, así como la relevancia de sus propuestas, necesarias pero claramente insuficientes.

La publicación de la traducción al inglés del libro de Thomas Piketty, profesor de Economía Política en la Universidad de París, (originalmente escrito en francés hace un año) ha sido un fenómeno en sí. Nunca antes en los últimos treinta años un libro económico había creado tanto interés a los dos lados del Atlántico Norte, llegando incluso a ser un best seller en la lista del New York Times. Escrito de una manera amena, el libro explica y documenta la enorme concentración de la riqueza, es decir de la propiedad de capital, que ha existido durante estos últimos treinta años, alcanzando niveles prácticamente sin precedentes. Con una narrativa fácilmente accesible, explica de forma detallada las características de esta concentración en los países capitalistas más ricos, dando abundante información sobre la evolución de las distintas formas de propiedad, señalando que el nivel de concentración de esta riqueza, así como el nivel de la riqueza, han alcanzado tales dimensiones que garantizan su propia reproducción, pasando de padres a hijos, estableciéndose una nueva oligarquía sostenida por los poderes del Estado que aseguran su continuidad en el escenario económico, político y social de cada país.

Su enorme éxito se debe a varios factores. Uno de ellos es que el nivel de tolerancia popular hacia la existencia de las desigualdades ha alcanzado un nivel de desaprobación elevadísimo. En los países de la Unión Europea, por ejemplo, el porcentaje de la población de sus países miembros que consideran que las desigualdades son demasiado elevadas es un 78%, un porcentaje sorprendentemente casi idéntico al de EEUU (72%). La gente está harta de los súper ricos. Y lo que es peor para los súper ricos es que la gente no cree que la jerarquía social esté basada en la meritocracia. Es decir, la gente no se cree que los súper ricos merezcan ser súper ricos, pues no están donde están debido al mérito (es decir, que se lo ganaron), sino a toda una serie de circunstancias que no tienen nada que ver con su mérito, entre ellas el haber nacido ya súper rico.

No es sorprendente, pues, que, junto a la alabanza casi unánime por parte de autores y creadores de opinión progresista (entre ellos, el Premio Nobel de Economía, Paul Krugman), haya habido ataques furibundos de los portavoces de los súper ricos, como el Wall Street Journal (el instrumento del capital financiero en EEUU), que lo han definido como un “panfleto comunista”. Predeciblemente, algunos gurús neoliberales, con o sin chaqueta llamativa, también han añadido sus críticas con mayor o menor estridencia. Dejo en manos del autor el responder (en caso de que escoja hacerlo) a esas críticas, fáciles de hacer, por el escaso valor argumentativo y poca densidad intelectual que tienen.

Pero el hecho de que sea un libro de un enorme interés (lo aconsejo y también utilizo en mi docencia) no excluye la necesidad de hacerle una crítica, no tanto por lo que dice, sino por lo que no dice el libro. En realidad, lo que no dice limita la comprensión y, por lo tanto, la utilidad del libro. Y voy al grano directamente. El problema del libro es que parece no percibir que no se puede entender el mundo del capital sin entender el mundo del trabajo, ni tampoco como los dos se relacionan entre ellos. Ahí está el punto flaco del libro (Por cierto, hay también otras críticas, más bien de carácter metodológico –como la de la definición del capital-, que han hecho autores como James Galbraith, a las que no voy a hacer referencia. Mi crítica no es metodológica, sino conceptual y empírica).

El crecimiento del capital: ¿qué capital?

Existe un amplio acuerdo acerca de que un elemento muy importante de este crecimiento de la riqueza se debe, en gran parte, al crecimiento de la actividad especulativa del capital financiero. En esta actividad, el dinero genera dinero, sin que haya ninguna actividad productiva de por medio. Cuando una persona juega en un casino, puede hacerse millonaria sin que se produzca nada con aquella actividad. Es el “capitalismo del casino”, que ha alcanzado niveles muy elevados, sustituyendo al capitalismo productivo. En este capitalismo especulativo, la relación del capital con el mundo del trabajo no es directa, sino indirecta. Así, el elevado crecimiento del capital especulativo se genera, en parte, como consecuencia de la escasa rentabilidad del capital productivo, resultado de la escasa demanda causada por la disminución de los salarios. De ahí que el gran crecimiento del capital financiero se deba a la necesidad de endeudarse de las familias, resultado del estancamiento o descenso de los salarios. Por otra parte, la baja rentabilidad del capital productivo es lo que genera el crecimiento de la inversión financiera especulativa.

Donde la relación entre el mundo del capital y el del trabajo es más directa es en el capital productivo. Los beneficios del capital (ya sean los que obtienen los accionistas de las empresas o bien sean sus gerentes y directores) dependen, entre otros factores, de los costes de producción, entre los cuales los salarios juegan un papel importante. Ahí está uno de los silencios del libro de Thomas Piketty. El elevado crecimiento del capital (vía beneficios empresariales) está directamente relacionado con el estancamiento y descenso de los salarios. En realidad, en los últimos treinta años, como porcentaje de la renta nacional, las rentas del capital han ido creciendo, mientras que las rentas del trabajo han ido descendiendo. Y esto no es mera coincidencia. Las primeras han subido a costa de que las segundas han ido descendiendo. Es lo que Karl Marx llamó, con razón, explotación de clase, explotación que existe, aunque usted, lector, no la descubrirá leyendo los mayores medios de información y de persuasión. En realidad, esta explotación ha alcanzado niveles récord, que se han ido acentuando durante la crisis. Durante el periodo 1993-2000 (la época Clinton), el 45% de la riqueza creada en EEUU fue a parar al 1% de la población, un porcentaje que subió durante el periodo 2001-2008 (era Bush) al 65%, alcanzando el 95% desde entonces (era Obama) (ver “The Origins of Inequity” por Jack Rasmus, en CounterPunch 13.05.14).

El conflicto capital-trabajo como elemento central para entender el comportamiento del capital

Thomas Piketty hace un buen trabajo al documentar a dónde va a parar esta riqueza. Una parte va hacia los instrumentos del capital como, por ejemplo, las acciones o hacia instrumentos especulativos como los derivados, y así un largo etcétera. Como Thomas Piketty señala, hoy existe claramente un exceso de capital y, para complicarlo más, este está demasiado concentrado. Ahora bien, otra parte de la riqueza que se está creando va a parar a los salarios y compensaciones a los gerentes del capital, salarios y compensaciones que no tienen ninguna relación con su productividad, pues la mayoría controla los consejos de dirección de las instituciones que dirigen, asignándose retribuciones elevadísimas, incluso cuando las empresas tienen pérdidas. El caso más claro es el de la banca, incluyendo la española. Hemos visto como dirigentes bancarios tenían unas compensaciones obscenamente altas, mientras que su banca estaba en dificultades (Banco Sabadell, Catalunya Caixa, etc.). Los banqueros españoles están, por cierto, entre los mejor pagados del mundo.

Esto es importante, por varias razones. Una de ellas es que estos salarios y compensaciones elevadísimos desdibujan y hacen confusos los datos sobre la situación de los salarios en general, pues son tan altos que, cuando se suman a todos los salarios, elevan el valor promedio de una manera muy marcada. Si se sacan estos salarios de los ejecutivos y gestores de las empresas financieras y productivas, entonces el estancamiento y descenso salarial es incluso más marcado de lo que señalan las estadísticas que toman los promedios de crecimiento salarial.

La silenciada y ocultada explotación

En resumidas cuentas, los beneficios del capital derivan de la actividad financiera de carácter especulativo, una actividad que ha ido creciendo espectacularmente, como resultado, en parte, de la baja rentabilidad de la inversión productiva (en comparación con la actividad especulativa),y también de la desregulación del capital financiero. La otra fuente de beneficios empresariales ha sido la actividad productiva, es decir, la producción de bienes y servicios que se consumen en la sociedad. El crecimiento desorbitado del primero ha sido la mayor causa de la inestabilidad financiera, crecimiento, por cierto, que no tiene ningún objetivo social y que, se mire como se mire, es intrínsecamente negativo.

En cuanto al segundo –el sector de la economía productiva-, el crecimiento de estos beneficios no se ha basado en el crecimiento de las ventas ni en el aumento de los precios, sino en la enorme reducción de los costes de producción, y muy en especial del precio del trabajo, es decir, de los salarios. Hay abundante evidencia que apoya esta lectura del crecimiento de la rentabilidad en el sector productivo, situación que ha alcanzado ahora sus mayores niveles. Es ahí donde el término explotación define mejor que cualquier otro lo que está ocurriendo, término que Thomas Piketty ni siquiera toca. Ya indiqué en otro artículo reciente, “La explotación social como principal causa del crecimiento de las desigualdades”, en Público, 01.05.14, que el crecimiento de la productividad ha repercutido en el aumento de los beneficios empresariales a costa de los salarios (según el cálculo de Lawrence Mishel y Kar-Fai Gee, entre 1973 y 2011 la productividad por trabajador en EEUU creció un 80.4%, mientras que el salario por hora promedio solo creció un 4%. Un tanto semejante ocurrió en la Eurozona).

¿Qué debería hacerse?

De este análisis se deriva que las recomendaciones que Thomas Piketty hace en la última parte de su libro son insuficientes. Thomas Piketty cree que la solución al enorme crecimiento de las desigualdades es gravar el capital a nivel internacional, impidiendo esta concentración de capital. El hecho de que él proponga que haya un impuesto mundial sobre el capital ha generado escepticismo acerca de que, con las coordenadas de poder existentes en el mundo, ello sea factible. No me distancio de esta propuesta. Ahora bien, a nivel estatal, sí que creo necesario y factible que las rentas del capital se graven, al menos, al mismo nivel que las rentas del trabajo, una propuesta realizada periódicamente por las izquierdas y raramente ejecutada.

Pero la reducción de las desigualdades necesita no solo la bajada de lo alto, sino también la subida de lo bajo. Es decir, no solo se necesita gravar el capital (y de las rentas superiores, detalle, este último, que Thomas Piketty apenas cita) e incluso el control público de este capital (que Thomas Piketty tampoco cita), mediante la nacionalización o regulación, sino también el incremento de las rentas del trabajo, algo que Thomas Piketty tampoco toca. Estos silencios y su desatención al contexto político que define este conflicto capital-trabajo son puntos débiles del libro, que limitan la comprensión de lo que ocurre.

Y es ahí donde Thomas Piketty es también limitado. Varios autores hemos subrayado que en la base de la crisis actual está el conflicto capital-trabajo, enfatizando que el capital ha estado ganando la lucha de clases diariamente, creando la crisis financiera, económica y social que se conoce como Gran Recesión (Ver mi artículo “Capital-trabajo: el origen de la crisis actual”, Le Monde Diplomatique, Julio 2013). Pues bien, la solución pasa por revertir esta lucha de manera que los que ahora ganan pierdan y los que ahora pierden ganen. Pero es el tema político sobre el cual Thomas Piketty no dice nada, lo cual es sorprendente, pues en su introducción al libro hace una crítica excelente del conocimiento económico enseñado en la academia de EEUU (y yo diría que también en Europa), vacío y desnudo del contexto político y social que lo determina. Los llamados problemas económicos son, en realidad, problemas políticos, y por mucho que se intente silenciar, la lucha de clases continúa siendo, como bien dijo Karl Marx, el motor de la historia. Como esta lucha de clase toma lugar, y a través de que instrumentos, es el mayor reto del análisis de la realidad con el fin de cambiarla. Thomas Piketty ha dado un paso en esta dirección pero sus silencios deberían rellenarse para poder entender, incluso mejor, como esta lucha toma lugar hoy en los dos lados del Atlántico.

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