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Artículo publicado por Vicenç Navarro en la columna “Dominio Público” en el diario PÚBLICO, 10 de septiembre de 2015.

Este artículo cita lo que está ocurriendo en Norteamérica (Canadá y EEUU) y en el Reino Unido, donde ha habido movimientos de protesta dentro de los partidos tradicionales que habían servido a las clases populares, los cuales están cambiando las direcciones de tales partidos y, lo que es más importante, contribuyendo a crear movimientos contestatarios amplios que puedan transformar la sociedad.

La enorme crisis del sistema capitalista occidental, desconocida por su intensidad desde principios del siglo XX, cuando ocurrió la Gran Depresión, explica las revueltas y movilizaciones contra las políticas públicas (de clara sensibilidad neoliberal) que se han ido imponiendo en la mayoría de los países a los dos lados del Atlántico Norte (Norteamérica y la Unión Europea), por parte de partidos gobernantes de tradiciones conservadoras, liberales y también socialdemócratas. Lo que ha ido ocurriendo en España, con el abandono de las políticas redistributivas y la adopción de tales políticas por parte del PSOE, como reformas laborales encaminadas a reducir los salarios, así como privatizaciones de los servicios públicos y desregulaciones de los sectores económicos y financieros, es idéntico a lo que ha ido ocurriendo en el resto de Europa, donde los partidos conservadores y liberales han impuesto políticas muy similares. La única diferencia ha sido la intensidad en la aplicación de tales políticas en respuesta a la crisis financiera y económica, pero por lo general, han sido prácticamente idénticas.

Estas políticas se han ido implantando bajo el supuesto de que eran las únicas posibles, aunque era obvio que ello no era cierto. El Sr. Zapatero, en lugar de congelar las pensiones para conseguir 1.500 millones de euros (con los cuales disminuir el déficit público), podía haber conseguido incluso más dinero revirtiendo la bajada del impuesto de patrimonio (consiguiendo 2.100 millones de euros). Un tanto igual con el Sr. Rajoy, que en lugar de recortar 6.000 millones de euros a la sanidad pública podría haber revertido la bajada del impuesto de sociedades a las grandes empresas que facturan más de 150 millones de euros al año –que representan solo el 0,12% de todas las empresas-, consiguiendo prácticamente la misma cantidad de dinero.

La misma falsedad aparecía con el argumento de que la globalización económica imposibilitaba la existencia de salarios elevados o el mantenimiento de sistemas de protección social extensos (que supuestamente hacían la economía menos competitiva), cuando se veía que algunos de los países más globalizados en el mundo (como consecuencia de su pequeño tamaño), como Suecia, Noruega o Dinamarca, tenían Estados del Bienestar muy desarrollados, y los salarios altos.

El enfado, no solo de la población, sino de las bases y militancias de los partidos gobernantes socialdemócratas

La aplicación de tales políticas ha generado el surgimiento de grandes protestas y movilizaciones, y muy en particular entre las clases populares, que han sido las más afectadas negativamente por las crisis económicas y financieras generadas por las políticas públicas impuestas por tales partidos. Es lógico que los más afectados por estas protestas hayan sido los partidos que tradicionalmente se consideraban los instrumentos políticos de tales clases, como han sido históricamente los partidos socialdemócratas en Europa o el Partido Demócrata en EEUU. En Europa, el apoyo electoral a dichos partidos socialdemócratas ha descendido espectacularmente, como también ha descendido su militancia y capacidad de convocatoria ciudadana. En prácticamente todos los países que han estado gobernados por partidos socialdemócratas, su apoyo electoral y su número de militantes ha descendido de una manera muy marcada. En EEUU un fenómeno semejante también ha ocurrido, tanto en la pérdida de apoyo electoral como en el número de personas que se identifican como miembros del Partido Demócrata. En aquel país, EEUU, no existe la militancia tal como se entiende en Europa entre las personas registradas como demócratas, pues la conexión de los dos partidos mayoritarios con la ciudadanía es escasa, limitándose única y casi exclusivamente al ejercicio del voto en las primarias dentro de cada partido.

La expresión política de este enfado

La respuesta varía desde la aparición de nuevos movimientos, como Podemos o las Mareas (entre otros) en España, o la rebeldía de las bases de tales partidos, como está ocurriendo en los partidos anglosajones, tales como en el Partido Laborista británico, el partido socialdemócrata canadiense (Nuevo Partido Democrático – NDP) y el Partido Demócrata en EEUU.

En España es más conocido el caso británico, con el crecimiento tan veloz e inesperado de las posibilidades de victoria del Sr. Jeremy Corbyn (inesperado por el aparato del partido y por el establishment político mediático del país, pero predecible para aquellos que hemos estado analizando la evolución de la Tercera Vía iniciada por Blair y –en contra de lo que se escribe- su fracaso electoral), que ha hecho entrar en pánico a la dirección blairista del Partido Laborista, y sobre el cual he escrito recientemente (“Qué está pasando en el Partido Laborista del Reino Unido”, Público, 25.08.15). Valga aquí indicar que sus propuestas económicas (ridiculizadas por los medios del establishment) tienen mucho de sentido común. Sus propuestas, por ejemplo, de que el Banco de Inglaterra ayude al Estado a favorecer las inversiones públicas en vivienda social, energía, transporte y proyectos digitales, han sido vistas con buenos ojos por muchos expertos internacionales, e incluso por el senior editor del Financial Times, el Sr. Martin Wolf (Ellen Brown, “Quantitative Easing for People: Jeremy Corbyn’s Radical Proposal”, CounterPunch, Sept. 3, 2015).

El caso menos conocido en España es el del partido socialdemócrata canadiense, el NDP, donde ha habido una rebelión masiva en contra de la dirección blairista de tal partido, que estaba llevándole de derrota en derrota. Un elemento clave de esta rebelión fueron los sindicatos, que dijeron Basta ya y que se aliaron con las fuerzas rebeldes dentro de aquel partido. El nuevo dirigente, Thomas Mulcair, no se ha amedrentado frente a la hostilidad del establishment. El NDP ganó las elecciones en Alberta, una de las provincias más importantes en Canadá y, según las encuestas, es el que tiene mayor apoyo electoral de cara a las elecciones al gobierno federal de aquel país, el próximo 19 de octubre.

EEUU, el caso Sanders, el senador explícitamente socialista, ha sido otra sorpresa y choque para el establishment político y mediático en aquel país. Ya he escrito sobre él en un artículo anterior (“El sesgo conservador y neoliberal de los medios de comunicación”, Público, 27.08.15). Pero, además de subrayar que continúa creciendo su apoyo popular (con actos que llegan a movilizar a miles de personas –en Wisconsin, en el último mitin electoral, llegó a convocar a 10.000 personas-), es también importante subrayar que el candidato Sanders es plenamente consciente (y así lo dice repetidamente) de que su elección como Presidente –en el caso de que ocurriera- cambiaría poco EEUU a no ser que hubiera un movimiento político social con clara vocación transformadora, dispuesta a realizar un cambio radical, observación que han hecho los otros dos dirigentes. Sanders lo ha dicho muy claro: “independientemente de quien salga elegido como Presidente de EEUU, la realidad es que esta persona podrá hacer muy poca cosa. Y os preguntareis, ¿por qué? Y la respuesta es fácil der ver. El poder de la Corporate America (la clase empresarial dueña y/o gestora de las grandes corporaciones, o lo que ahora se llama el 1%), el poder de Wall Street, el poder de los grandes donantes de dinero a las campañas es tal, que ningún Presidente puede enfrentarse a ellos. La elección que estamos viviendo, por lo tanto, no es para elegirme a mí o a quien sea Presidente. Lo más importante es crear un movimiento ciudadano que salga de las bases de los grupos y asociaciones hartos de la falta de democracia en este país (lo que en inglés se llama los grassroots) que se movilice para transformar radicalmente este país. Y ahí está el reto que tenemos”.

Ni que decir tiene que Sanders, Corbyn y Mulcair llevan toda la razón. El caso Obama es un claro ejemplo de ello. Fue Obama el que, con su eslogan “Yes, we can” -“sí, nosotros podemos”–, que originalmente fue el grito movilizador de los sindicatos hispánicos (chicanos en California y México) que querían transmitir el mensaje de que cuando los trabajadores se movilizan pueden mover montañas –como elegir un negro como Presidente de EEUU-, consiguió ser elegido. Pero el movimiento que puso a un negro de Presidente de EEUU no continuó. En realidad, la adaptación del candidato Obama (y lo que pasó a ser el Presidente Obama) a la Corporate America, a Wall Street y a los grandes donantes de dinero al Partido Demócrata fue casi absoluta, y el movimiento desapareció.

La relevancia para España (incluyendo Catalunya)

La relevancia de lo dicho para España es clara y transparente. No hay duda de que existe hoy un enfado general de la población de los distintos pueblos y naciones de España hacia el estado de cosas en el país, iniciado por el excelente movimiento 15-M (al cual dedico mi último libro Ataque a la democracia y al bienestar. Crítica al pensamiento económico dominante, Editorial Anagrama). Este movimiento de rechazo se presenta de miles de maneras. Y la aparición de nuevos movimientos políticos, así como la renovación de otros partidos políticos, han dado lugar a un tsunami que se manifestó en las últimas elecciones municipales y autonómicas. Sería muy de desear (y a este fin deberían dedicarse la mayoría de los esfuerzos) que las próximas elecciones generales sirvieran no solo para elegir el Presidente que España necesita, sino también, y sobre todo, para ayudar a establecer un movimiento con vocación transformadora, movimiento que por definición fuera muy variado y se expresara de distintas maneras, que pueda no solo ganar electoralmente, sino también transformar el país. Yo soy optimista, porque creo que está ocurriendo.

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