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Versión castellana del artículo publicado en la revista el Triangle, el 8 de Junio de 2009

Este artículo señala que no puede interpretarse la pitada al Monarca y a la Marcha Real (que la Constitución establece como el Himno Nacional) como una manifestación del mal llamado separatismo catalán (interpretación sesgada e interesada por los dos nacionalismos –el centro y el periférico-). Fue una protesta contra la visión de una España uniforme que no respeta la plurinacionalidad de España (que la República sí respetó).
A raíz de la pitada a los Reyes y a la Marcha Real (que según la Constitución es el Himno Nacional) al inicio del partido de fútbol entre el Barça y el Atlético, vimos una desaprobación general (incluyendo gran número de opinadores de izquierda) en contra de tal comportamiento, mostrándolo como una muestra de mala educación y pésima cultura democrática. Incluso un articulista llegó a definir tal pitido como síntoma de la inmadurez democrática del país. “En un país serio –dijo tal articulista- esto no ocurriría”. Una vez más, las voces de respetabilidad se movilizaron a través de los medios de información para condenar tal hecho.

Es bien cierto que en “un país serio y democrático” no ocurriría lo que está ocurriendo en este país y sobre lo cual se guarda un silencio ensordecedor por parte de los mismos medios que ahora se han rasgado las vestiduras ante el pitido general. En realidad, la gran mayoría de tales medios han sido los mayores contribuyentes a esta situación “poco seria y democrática”. Me estoy refiriendo, no al pitido, sino a las enormes dificultades que las voces republicanas tienen en este país para acceder a los mayores medios de información (que son también de persuasión) y hacer una crítica a la Monarquía, al Monarca y a la Familia Real. Esta discriminación -que alcanza niveles de censura- en contra de opiniones republicanas, es profundamente antidemocrática. Y si no creen que tal censura existe, lean los cinco rotativos de mayor tiraje en España, o vean los cuatro canales de televisión más importantes del país, y revisen cuantos artículos de opinión, editoriales o programas televisivos han aparecido en los últimos dos años pidiendo que se establezca una República en España, y verán que no apareció ni uno (repito, ni uno). Y ello no se debe a falta de artículos o propuestas de programas que se envíen a tales medios. En realidad, tales medios trabajan cuarenta y ocho horas al día promoviendo la Monarquía. Todas las televisiones públicas, tanto centrales como autonómicas (como es el caso de TV3  en Cataluña) han mostrado o mostrarán el documental que idealiza y tergiversa el comportamiento del Monarca en el intento de golpe de estado del 81. Ni una voz crítica (ni una voz, repito) se ha permitido cuestionar esta versión idílica. Lo máximo que se ha permitido ha sido promocionar un libro en el que se indica que los comentarios del Rey antes del golpe, en el que repetidamente expuso su deseo de cambiar al Presidente Suárez, democráticamente elegido, contribuyeron a crear un clima en el que grupos golpistas fructificaron. Pero la pregunta obvia, que no se hizo, ni siquiera en aquel libro, es: ¿Cómo es posible en una democracia que el Rey se atribuyera la potestad de cambiar un presidente democráticamente elegido? ¿Alguien cree que en Suecia o Inglaterra (países en los que he vivido durante mi largo exilio) se toleraría tal hecho? Un “país serio y democrático” hubiera establecido una Comisión del Parlamento analizando los hechos y si se hubiera demostrado que el Monarca había estado intentando cambiar el gobierno democráticamente elegido, se le habría censurado y/o destronado.

A tal censura y discriminación en contra de posturas y análisis republicanos, no se le llama mala educación o postura antidemocrática. Se hace todo con muy buenos modales, con la gentileza y “charme” que bien filmó Buñuel. Tales buenos modales, sin embargo, ocultan una enorme represión y discriminación, represión intelectual que no tiene parangón en ninguna otra sociedad democrática en Europa.

De ahí que aplaudo el pitido del campo de fútbol y agradezco que se hiciera. Y no creo que nadie, conociendo mi biografía, pueda cuestionar mi inmenso amor por Cataluña y por España. Ahora bien, cuando los canales democráticos de expresión son tan limitados, entonces es un deber democrático utilizar formas pacíficas de desaprobación a tal represión. Si ello no hubiera ocurrido en EEUU, los negros continuarían sentados en los asientos del fondo del autobús. De la misma manera que las manifestaciones populares rompieron aquella discriminación, los pitidos y abucheos al Monarca y a la Monarquía (que debieran extenderse a todos aquellos que censuran en los medios) eran expresiones claramente democráticas que señalaban una actitud de clara protesta.

Una última observación. Gran parte de las voces críticas al pitido eran voces que interpretaron tal pitido como un pitido separatista de catalanes y vascos contra España. Esta interpretación es lo que el establishment nacionalista centralista españolista, por una parte, y algunos organizadores del pitido por otra, querrían que la población así lo interpretase. No hay duda de que hubo elementos separatistas en tal manifestación Pero sería un error verlo como tal. Gran número de pitidos no fueron en contra de España, sino en contra de una visión de España, que se promovió durante la transición y quedó reflejada en la Constitución como consecuencia del dominio de las fuerzas conservadoras en aquel proceso. Ahora bien, junto a las “senyeras” e “ikurriñas”, había también en el estadio de Valencia banderas republicanas, defendiendo otra concepción de lo que fue y debería ser España. La TVE enfocó la pancarta separatista que señalaba que Cataluña y el País Vasco no eran España. Pero nunca enfocó las banderas republicanas, porque eran las más prohibidas y las más temidas. Antes de que se llamara “La Copa del Rey”, y la “Copa del Generalísimo”, se había llamado la “Copa del Presidente de la II República”. Dejó de serlo en 1939 cuando no se permitió la participación en esta copa de ningún equipo catalán, al considerarse Cataluña una “región que había sido fiel a la República Española”. En el primer año, la Copa fue entregada por el general Moscardó al son del mismo himno, la Marcha Real, que saludó de nuevo la entrada del Rey en el estadio de Valencia. La población, pero no las élites que intentan configurar la opinión, tienen memoria histórica. Aquel pitido fue un pitido republicano. Fue también un pitido bajo el cual dos nacionalidades se expresaron. Creer que todos los que pitaron estaban contra España es un enorme error, e ignorar lo que fue la República Española, que permitió y favoreció la plurinacionalidad del Estado español.

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