jun 11

Publicado en la revista SISTEMA DIGITAL, 11 de Junio de 2009.

Este artículo muestra que la gran mayoría de las clases populares en la UE favorecen el desarrollo de políticas públicas progresistas y de izquierdas, políticas contrarias a las que ha ido promoviendo la gran mayoría de gobiernos europeos (incluyendo socialdemócratas) y las instituciones de la UE. De ahí el creciente distanciamiento entre las clases populares por un lado y los establishments políticos y mediáticos europeos por el otro.

Existe una avalancha mediática que quiere interpretar el resultado de las elecciones europeas del pasado domingo como una muestra de que la población europea se está moviendo a la derecha, lo cual explica la victoria de los partidos conservadores y liberales y la derrota de la socialdemocracia en tales elecciones. La mayoría de diarios abrieron el lunes sus primeras páginas con titulares tan impactantes como “Europa es de derechas” “El movimiento a la derecha en Europa”, “La población europea escoge a las derechas para salir de la crisis” y otros semejantes.

 Y de una manera también predecible, muchos comentaristas han atribuido el descalabro de la socialdemocracia en Europa al hecho de que ésta esté atascada en los dogmas de la izquierda tradicional. Más de un articulista ha aconsejado a la socialdemocracia europea que se modernice y se centre, distanciándose de las posturas izquierdistas. Y más de una voz dentro del socialismo español está reflexionando en voz alta sobre la necesidad de que el socialismo europeo se mueva al centro (que en realidad quiere decir más a la derecha).
 
 Pero veamos los datos. ¿Cómo puede verse si la población se está moviendo a la derecha? Una de las maneras es preguntarle qué políticas públicas favorecería y desearía que los gobiernos y la Unión  Europea promovieran. Pues bien, según la última encuesta de valores de la población de los países miembros de la UE, se señala que, por amplias mayorías, el promedio de la población europea desea el desarrollo de políticas públicas identificadas con el socialismo (incluyendo la tradición socialdemócrata). Así, el 72% considera que las desigualdades en sus países son demasiado altas; el 78% cree que la riqueza de los ricos es excesiva; el 68% no cree que las desigualdades se deban al mérito de los ricos; el 64% favorece políticas públicas redistributivas; el 62% favorece la expansión de los derechos laborales y sociales, universalizando tales derechos. Y un largo etcétera. Es más, estos porcentajes han alcanzado las mayores cifras registradas en los últimos treinta años. Es difícil, en base a esos datos, concluir que Europa, es decir la población europea, sea de derechas. Por cierto, estos porcentajes son incluso mayores entre las clases populares (las clases trabajadoras más las clases medias de renta media y baja) y son mucho menores entre las población de rentas superiores. Hay tantas Europas como clases sociales. Pero lo que la mayoría de la población (que son las clases populares) desea encaja totalmente en el proyecto que históricamente se ha identificado con la socialdemocracia.

¿Cómo se explica, entonces, que no ganen los partidos socialdemócratas? ¿Cómo se explica también que el apoyo hacia los partidos socialdemócratas (que fueron el grupo mayoritario en el Parlamento Europeo en su inicio) haya ido disminuyendo? ¿Y cómo se explica el crecimiento de la ultraderecha anti-inmigrante en la UE?

Para responder a estas preguntas hay que recuperar el análisis de clases sociales (prácticamente abandonado en los mayores medios de información y persuasión) y entender que, en general, cada partido político tiende a tener su base electoral definida por la clase social de su electorado. Naturalmente la clase social no es la  única variable explicativa del comportamiento electoral. Pero es una variable muy importante, cuya capacidad explicativa del comportamiento electoral queda ignorada cuando no se incluye en los análisis electorales.

Históricamente la socialdemocracia se caracterizó por su compromiso con la extensión y universalización de los derechos sociales y laborales, garantizados por el Estado (fuera éste central, autonómico o local), mediante el establecimiento del estado del bienestar (financiado públicamente) con una fiscalidad progresiva, que tenía un impacto altamente redistributivo. Este proyecto continúa siendo altamente popular, como señalan aquellas encuestas. En el pasado, los sectores más beneficiados por este proyecto fueron las clases trabajadores y amplios sectores de las clases medias, que constituyeron las bases electorales de aquellos partidos.

Pero estas clases se han ido distanciando de los partidos socialdemócratas y ello como consecuencia del abandono del proyecto socialdemócrata por parte de tales partidos. Durante estos años hemos visto la enorme influencia de la Tercera Vía en la socialdemocracia europea Esta vía implicaba la incorporación del ideario liberal dentro del proyecto socialdemócrata. Modernizarse significaba adaptarse a tal ideario liberal. Surgió así el socioliberalismo, que era la versión light del liberalismo desarrollado por las derechas conservadoras y liberales.

 Una característica de tal socioliberalismo fue la renuncia a políticas redistributivas y a políticas fiscales progresistas; el abandono de la expansión de la universalización de derechos sociales; el desarrollo de una desregulación de los mercados laborales; la privatización de los servicios públicos, entre otras intervenciones. Ni que decir tiene que el desarrollo de tales políticas fue desigual, alcanzando su máximo desarrollo en Gran Bretaña (con el gobierno Blair y Brown), Alemania (con el gobierno Schroeder) e Italia (con el Partido Demócrata), tres de los partidos que han perdido mayor apoyo en las últimas elecciones. Tales políticas explican la desafección de las clases populares hacia tales partidos y hacia la UE, la mayor promotora de tales políticas liberales. En realidad, algunos de los guardianes de la ortodoxia liberal en la Comisión Europea fueron, y son, individuos nombrados por los partidos socialdemócratas.

La enorme abstención de las clases populares es la causa de la derrota de tales partidos. Pero esta desafección es también la causa del apoyo electoral por parte de sectores amplios de la clase trabajadora (sobre todo de la no cualificada) hacia las derechas  que se presentan como anti-inmigrantes. Este apoyo se debe a la enorme inseguridad en la que tales sectores se encuentran, sintiéndose amenazados por las poblaciones inmigrantes, con las que compiten por puestos de trabajo y servicios públicos graciales no universales. Frecuentemente se le exige a estas clases trabajadoras que absorben los costes de la integración de los inmigrantes. El apoyo del centro izquierda e izquierdas europeas a la entrada de Turquía (que significa la libre entrada de millones de inmigrantes turcos en la UE) explica el apoyo de aquellos sectores de la clase trabajadora a la derecha y a la ultraderecha que, conscientes de este temor, utilizan su mensaje anti-inmigrante como la manera de movilizar su apoyo por sectores amplios de las clases populares. No es casualidad que Sarkozy, Berlusconi, Merkel, y otros dirigentes de la derecha europea, presentaran su oposición a la entrada de Turquía en la UE como parte de su campaña anti-inmigración. Naturalmente que no se presentó de una manera tan explícita, pero en política lo implícito es tan importante como lo explícito, y tuvieron éxito. Esta situación, más el apoyo de sus bases electorales (las rentas medianas altas y las altas) explica su victoria electoral.

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