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Artículo publicado por Vicenç Navarro en el diario digital EL PLURAL, 6 de diciembre de 2010

Este artículo critica algunas de las interpretaciones que han aparecido en los mayores medios de difusión sobre las últimas elecciones autonómicas en Catalunya, señalando las causas de que las derechas estuvieran muy movilizadas en contra del tripartito y de que las izquierdas estuvieran muy desmovilizadas, lo cual se tradujo en una abstención de sus bases electorales así como una transferencia de votos, por parte de sectores profesionales de orientación nacionalista a CiU, y de sectores de la clase trabajadora al PP.

La coalición de izquierdas que ha gobernado Catalunya desde 2003 (PSC, ERC e ICV-EUiA) ha sido derrotada, y ello a pesar de que ha hecho durante sus siete años de gobierno, 2003-2010, cambios sustanciales, mayores que los realizados –durante un periodo comparable de tiempo (1996-2003)- por la coalición de derechas (CiU), constituida por un partido liberal y un partido cristianodemócrata, que sustituyó en 2003, y que ahora ha reemplazado al tripartito de izquierdas. ¿Por qué ocurrió esta derrota?

Para entender lo ocurrido en Cataluña, es importante utilizar los indicadores adecuados del fenómeno que se analiza. Y para evaluar el apoyo popular no se puede tomar como indicador de este apoyo el número de escaños que ha obtenido un partido. Lo que debe hacerse es mirar el porcentaje de votos que ha recibido tal opción política sobre el total de personas que podían votar, es decir, el electorado. Tomando estos indicadores podemos ver que durante el periodo 2003-2010 (periodo de gobierno del tripartito), CiU descendió durante los primeros tres años, pasando de obtener un 19.3% del electorado en 2003 a un 17.6% en 2006 para luego remontar a un 22.3% en 2010. El PSC descendió de un 19.4% en 2003 a un 15.0% en 2006, perdiendo incluso más en 2010, pasando a 10.6%. ERC pasó de 10.3% (2003) a un 7.8% (2006), bajando incluso más, a un 4.1% (2010). El PP tuvo un bajón, pasando en 2003 del 7.4% al 5.9% en 2006, para remontar en 2010, alcanzando un 7.2%, un porcentaje, por cierto, menor que en 2003. ICV subió de 4.6% en 2003 a 5.3% en 2006, para bajar de nuevo a 4.3% en 2010. Ciutadans también ha subido de 1.7% en 2006 a un 2% en 2010, y Solidaritat Catalana per la Independència, ganó un 1.9% en 2010, único año que se presentó. La abstención subió del 2003 al 2006, pasando de 37.4% a 43.9%, para descender de nuevo ligeramente a 40.06% en 2010. Además de las variaciones entre los que votaron (sujeto del análisis de este artículo) lo que hay que señalar es la persistencia de una enorme abstención en las elecciones autonómicas de Cataluña (hecho que también analizaré en este artículo).

De estos datos podemos ver, entre otros hechos, que el PP consiguió un porcentaje menor ahora que en 2003, al principio del tripartito, pasando de ser un 7.4% del electorado en 2003 a 7.2% en 2010. No pueden considerarse los escaños como indicadores de apoyo popular, pues las reglas electorales en Cataluña, que como en España, son escasamente proporcionales no permiten ver el grado real de apoyo que las opciones políticas tienen. La única manera de mirar el apoyo electoral es ver el número de votos que ha recibido sobre el total del electorado. Y utilizando este método de análisis, junto con análisis del comportamiento electoral por distritos electorales, podemos entender fácilmente lo que ha ocurrido en Cataluña en las últimas elecciones autonómicas. Las bases electorales de las derechas, sobre todo las nacionalistas conservadoras, estaban muy movilizadas y, en cambio, las bases electorales de las izquierdas estaban muy desmovilizadas, con amplios sectores de estas bases enfadados con el tripartito. Esta desmovilización fue incluso más importante para explicar la derrota del tripartito que la movilización de las derechas.

De lo que no se está hablando: La movilización de las derechas

Mucho se ha escrito ya sobre la desmotivación y/o enfado de las bases de los partidos de izquierda Pero muy poco se ha dicho de las movilizaciones de las bases de los partidos de derechas. Varias son las causas de la movilización de las derechas. Una, importante, es que las propias reformas llevadas a cabo por las izquierdas gobernantes antagonizaron a las derechas. Como bien dijo en una ocasión el gran líder de la socialdemocracia europea, Olof Palme, “es imposible hacer reformas sin antagonizar a los poderes fácticos que se oponen a ellas”.

Tanto la Iglesia, como la patronal y la banca, así como el 20% de renta superior de Catalunya, estaban enojados con las reformas de los gobiernos de izquierdas, bien del gobierno socialista español, bien del gobierno tripartito, tales como la corrección de la historia de Catalunya (mediante la recuperación de la memoria histórica), la aprobación del matrimonio homosexual, la promoción de la laicidad, y otras reformas que la Iglesia consideró como agresivas. En realidad, muchas de estas reformas habían sido relativamente menores, pero la Iglesia no toleraba que su enorme protagonismo, heredado de la dictadura, se diluyera. Durante la visita, claramente política, del Papa, éste definió a la Iglesia (tanto durante la Guerra Civil, como ahora) como ”víctima” de la agresión laicista. Su intento era la movilización de los fieles para defender a la Madre Iglesia. Pocos días después de haber visitado el Papa Cataluña, la Iglesia catalana llamó a la beatificación de los “mártires” de la Cruzada en la Guerra Civil. Todo esto ocurría pocos días antes de las elecciones. Esta llamada a la movilización de los fieles a votar a los partidos de derecha se hizo en los medios de información y persuasión en los que ejerce considerable influencia, incluidas la televisión y radio públicas de la Generalitat (TV3 y Catalunya Ràdio), que con notables excepciones, estaba controlada por los profesionales heredados de las etapas anteriores al gobierno tripartito, próximos a CiU.

El mismo domingo, día de las elecciones, en el programa religioso que emite TV3 cada domingo por la mañana se enfatizó en el día de las elecciones, la importancia de los valores católicos para la salud moral del pueblo catalán, señalando la importancia de que la familia (su versión conservadora) fuera el eje de la sociedad catalana. El candidato cristianodemócrata Durán i Lleida, había estado enfatizando durante la campaña que el gobierno de izquierdas -el tripartito- era insensible a las familias catalanas, acusación que no se correspondía con los hechos, pues tal gobierno había gastado tres veces más en apoyo a las familias durante el periodo 2003-1010, que CiU durante el tiempo equivalente (1994-2003). La supuesta “persecución” de la Iglesia, de la que el Papa había acusado maliciosamente a las izquierdas, le permitía a la Iglesia tener cada domingo una hora de propaganda religiosa (y política) en el canal público (TV3), que utilizó aquel domingo para alentar a sus fieles a que votaran por CiU o por el PP (sin mencionarlos). Y en las iglesias, tanto el sábado por la noche como el domingo por la mañana, los sacerdotes acentuaron la necesidad y obligación a los católicos de que votaran para que defendieran los valores de la iglesia. Yo fui testigo de una de estas arengas. Asistí a  la misa en la Basílica de Santa María del Mar a las 7 de la tarde del sábado anterior (no como creyente, que no lo soy, sino como observador). El sacerdote oficiante pidió a los fieles que rezaran y pidieran a Dios que iluminara a los votantes del día siguiente para que escogieran a políticos con valores de la Iglesia Católica, que permitieran que Catalunya continuara siendo católica.

La Iglesia se movilizó. Y sus aliados naturales, la patronal, la banca y las rentas superiores (que también tenían sus razones para oponerse a las izquierdas, tanto estatales como catalanas) y los mayores medios privados de información y persuasión de Catalunya, liderados por el equipo editorial de La Vanguardia (conocida coloquialmente como la Masguardia) también lo hicieron. Y a ello se sumó TV3 y Catalunya Ràdio, que como he dicho anteriormente, continuó siendo instrumentalizada (con notables excepciones) por las fuerzas nacionalistas conservadoras. Estas fuerzas económicas y sociales habían considerado siempre a CiU como su portavoz político y se consideraban a sí mismas como las auténticas catalanas. Durante la mayoría de la historia de Catalunya, ellos fueron los que mandaban en el país y no podían aceptar que las izquierdas lideradas por un “charnego”, un trabajador inmigrante (Xavier Sala i Martín, la voz de esta derecha, definió en La Vanguardia al Presidente Montilla como “un hombre de escasa educación”). Su odio de clase, (enmascarado como el derecho natural de gobernar) se traducía en su oposición a las “clases poco educadas”, por no ser suficientemente catalanas. Esta acusación ha sido también una constante en esta misma historia de Catalunya. Y ello a pesar de que, en esta misma historia, las derechas de Catalunya siempre han antepuesto sus intereses de clase a su defensa de la identidad catalana. La mayoría –incluyendo la Iglesia- apoyaron el golpe militar y la dictadura que se estableció. Y todavía hoy, Montserrat, el centro espiritual de este nacionalismo conservador, tiene un monumento “a los caídos por Dios y por España” en la entrada del Monasterio, aún cuando lo han ido retirando gradualmente. Ni que decir tiene que más tarde, Montserrat de distanció de la dictadura y colaboró con las fuerzas democráticas. Y también es cierto que Jordi Pujol, el fundador de CiU, fue detenido por su lucha antifascista. Pero fue la excepción. Artur Mas nunca luchó contra la dictadura en su juventud, y nunca se distinguió por su lucha por reivindicar la identidad catalana. Es una persona procedente de la burguesía catalana con una enorme ambición personal, que descubrió el nacionalismo conservador cuando vio lo rentable que era para sus ambiciones personales, comenzando a trabajar en el aparato de tal partido. Se caracteriza por sus constantes ambigüedades, aún cuando las presiones de sus bases y del movimiento independentista dentro del nacionalismo, le han llevado a definirse como independentista. Económicamente sus políticas son muy próximas a la banca y a la Gran Patronal. Su política económica es neoliberal, no carente de dureza, que tomó hasta hace poco a Irlanda como modelo. El fracaso de este último ha hecho derivarle hacia el modelo de David Cameron de la Gran Bretaña.

Las bases electorales de CiU, sin embargo, son más complejas. Como he indicado antes, es una coalición de un partido liberal (ahora neoliberal) y de un partido demócrata cristiano. Ambos partidos comparten, sin embargo, un nacionalismo muy conservador. Para este nacionalismo, el comportamiento del Tribunal Constitucional fue una enorme oportunidad para presentar a España como la anti-Catalunya, haciendo la identificación del Tribunal Constitucional con España, ignorando que las Cortes Españolas, representantes del pueblo español, habían aprobado el Estatut. La exclusión por parte del Tribunal Constitucional de elementos importantes del Estatut desde el punto de vista identitario (como considerar al catalán –de los dos oficiales, el catalán y el castellano- el lenguaje preferente en Catalunya), fue un enorme regalo electoral a CiU. Contribuyó a ello la decepcionante respuesta del gobierno y del PSOE, así como los predecibles comentarios de algunos dirigentes jacobinos del PSOE que ofrecieron la bandeja dorada al nacionalismo catalán. No les podía haber ido mejor. El millón y medio de participantes en la manifestación de Barcelona fue su resultado, poniendo el tema identitario en el centro de la vida política de Catalunya. No fue el Presidente Montilla –como se le ha acusado injustamente por parte de algunas voces del PSOE-  el que puso el tema identitario en el centro del debate político. Fue el enorme retraso del  Tribunal Constitucional y la muy tibia respuesta de Zapatero lo que lo hizo. Y de ahí la enorme movilización de las bases del nacionalismo, de las cuales, CiU fue el partido que se benefició más.

A estas bases se les infundía el mensaje, propagado por gran número de programas de TV3 y Catalunya Ràdio, de un nacionalismo conservador, que incluso incluyó la promoción de la independencia, presentando el notable subdesarrollo social de Catalunya como resultado de su “expolio” por España. En este mensaje, coincidían tanto los nacionalistas conservadores (como CiU), como los radicales (ERC). En realidad, la alianza CiU-ERC en el Consejo de Dirección Audiovisual de los medios públicos (TV3 y Catalunya Ràdio), fue determinante para mantener y promover el nacionalismo conservador catalán en los medios públicos. Resultó ser un gran error de ERC al no darse cuenta de que el nacionalismo promovido por TV3 y Catalunya Ràdio era la versión CiU, en lugar de la versión ERC. En realidad, TV3 llegó incluso a vetar un programa de televisión que debatía los méritos del republicanismo sobre la monarquía, resultado de las presiones de CiU, que no deseaba la radicalización de tal nacionalismo.

La confluencia de todos estos factores –la movilización de la iglesia, de la patronal y de la banca, y del nacionalismo conservador- explica la movilización de lo que Artur Mas llamó la noche de la elección “el ejército de la resistencia” frente al tripartito y sus reformas. Fue un ejército, con un elevado grado de militancia, ayudado por los jacobinos nacionalistas españoles de distintas sensibilidades, que con sus constantes observaciones sobre la realidad catalana (de la cual continúan publicándose ahora), mantuvieron vivos los nacionalismos catalanes y españoles que constantemente se autoalimentan el uno del otro.

La desmovilización de las izquierdas.

Esta enorme movilización de las derechas (situadas en el eje Catalunya versus España, y religión versus laicidad), no tuvo su contrapartida en las bases electorales de las izquierdas, muy desmovilizadas. Un factor importante (aunque no único), causa de tal desmovilización, fue la identificación de los socialistas catalanes con las políticas de austeridad del gobierno Zapatero. Las políticas de austeridad de tal gobierno, con la reforma laboral regresiva, la congelación de las pensiones, la reducción de los salarios de los empleados públicos (la mayoría de estas reformas fueron apoyadas por CiU) lo que llevó a una enorme abstención por parte de la clase trabajadora, la base electoral del socialismo en Catalunya. En el día de las elecciones, el grado de participación en los barrios pudientes (como Sarrià-Sant Gervasi) aumentó considerablemente (pasando en este distrito de 71.42% en 2006 a 77.47% en 2010), mientras que bajó en los barrios obreros (como Nou Barris, pasando de un 47.79% a 47.52%), un descenso menor pero que continuaba la tendencia descendiente que había estado experimentando en las últimas elecciones autonómicas. Desde 2003 la participación ha ido aumentando –un 0,2%- en los distritos electorales pudientes, y ha ido disminuyendo en los distritos de clase media (un 4,2%), y en los barrios trabajadores (5,6%). Mantener esta abstención obrera ha sido la estrategia de CiU durante muchos años, lo cual ha conseguido, enfatizando los temas identitarios en las elecciones autonómicas en Catalunya. La llamada al Concierto, como sistema de financiación de la  Generalitat que ha hecho Artur Mas, el dirigente de CiU, la hizo anteriormente (en las elecciones del 2006), siempre consciente de que las posibilidades de que ello se apruebe son nulas, pero lo hace para centrar el debate político sobre el tema identitario, presentando el eje Catalunya-España como el centro del debate. La estrategia electoral de tal coalición ha sido siempre centrar el debate político en este eje.

Y es ahí donde está uno de los problemas para las izquierdas no soberanistas en Catalunya. Necesitan para gobernar alianzas con ERC, que, aún siendo de izquierdas, se alía con las derechas nacionalistas para convertir el tema identitario como el central del debate político, diluyendo así el eje derecha-izquierda, que CiU teme y no desea. De ahí viene, en parte, esta dificultad de centrarse en el eje derecha-izquierda, que requeriría además una estrategia de confrontación con los poderes establecidos (lo que el Partido Demócrata de EEUU define como “anti-Republican class strugle”, identificando al adversario, el Partido Republicano, como representante de los poderes fácticos, sean estos empresariales, financieros, eclesiásticos o mediáticos) que asusta o incomoda a muchos dirigentes moderados del socialismo catalán, que tienen gran influencia en la dirección del PSC. Hoy el partido socialista tiene mucho en común con el partido socialista francés, donde la mayoría de los delegados en sus congresos son universitarios o profesionales de clases medias de renta alta, con escasísima representación de la clase trabajadora. Y estos grupos profesionales (universitarios en su mayoría) son muy vulnerables a ser seducidos con el mensaje de la Tercera Vía (es decir, la introducción de principios neoliberales en la tradición socialista, peligro acentuado en la nueva generación de dirigentes del PSC), que han sustituido incluso el discurso y narrativa socialista, considerando la clase trabajadora como inexistente o amalgamada en unas clases medias, que intentan sustituir a las clases trabajadores como las bases electorales de su proyecto.

Esta moderación se ha reflejado en que muchas de sus reformas, aunque importantes, podrían haber sido más profundas. Pero lo que ha creado mayor decepción entre sus bases electorales (de las cuales la clase trabajadora catalana es la más importante) ha sido su aceptación a la respuesta neoliberal del gobierno Zapatero a la crisis. El tema social –el eje de la socialdemocracia- fue difícil de presentarse como alternativa al tema identitario cuando el gobierno socialista estaba llevando a cabo medidas antisociales que habían originado una huelga general de la clase trabajadora en contra de tales medidas. De ahí la enorme responsabilidad del gobierno Zapatero en la desmovilización de las izquierdas, tal como ocurrió con las reformas altamente impopulares del canciller Schröder, las cuales desmovilizaron a las bases electorales del Partido socialdemócrata, perdiendo, las elecciones legislativas en Alemania con la pérdida de la mitad de los militantes del Partido Socialdemócrata.

Ni que decir tiene que hubo también trasvases de voto del Partido socialista a otros partidos. La rama nacionalista del PSC (en su mayoría, aunque no todos, procedentes de los sectores profesionales) derivó parte de su voto a CiU. La clase trabajadora, sin embargo, derivó parte de su voto al PP, consecuencia de sus propuestas anti-inmigración y su supuesta defensa del castellano (maliciosa y erróneamente presentado como perseguido en Catalunya). El PP aumentó su voto en Pedralbes (clase burguesa) y en los barrios obreros en Barcelona. Pero la mayor causa de la pérdida del tripartito fue la abstención de la clase trabajadora. En realidad, puesto que en Catalunya y en España hay una relación clara entre nivel de renta y participación electoral (a más renta, mayor participación), y dado que casi la mitad de la población adulta (de renta mediana e inferior) que podría votar no vota, se debe concluir que la mayoría de la clase trabajadora (que representa alrededor del 48% de la población catalana) no vota en las elecciones autonómicas. Este es el gran problema de las izquierdas en Catalunya. Movilizar a esta clase trabajadora no será fácil. Pero no se movilizará a no ser que haya un discurso dirigido a tal clase en el que el mensaje de “ellos y nosotros” sea claro y contundente. Ello implica un discurso de enfrentamiento con la estructura de poder que no es probable que se de en partes de la dirección de las izquierdas. No es sorprendente que el único partido en el tripartito que ha mantenido un mayor nivel de lealtad de sus bases haya sido ICV-EUiA, que fue percibido como el partido más a la izquierda, aún cuando su discurso, más verde que rojo, disminuye su capacidad de movilización entre la clase trabajadora, la clase que hoy, en las elecciones autonómicas, está políticamente huérfana en Catalunya.

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