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Artículo publicado por Vicenç Navarro en la revista digital SISTEMA, 25 de octubre de 2013

Este artículo analiza el silencio de la ciencia económica sobre el contexto político que determina el fenómeno económico. La escasa, por no decir nula, atención del pensamiento económico dominante a las variables políticas explica su incapacidad de predecir la crisis actual. Esta situación alcanza su máximo desarrollo en los Premios Nobel de Economía de este año, cuyo trabajo sobre el comportamiento del capital financiero alcanza unos niveles de frivolidad sorprendentes.

Es una percepción generalizada entre los analistas de la economía (sean economistas o estudiosos de otras disciplinas) el asumir que el objetivo más importante en el comportamiento del mundo empresarial en la esfera privada es optimizar los beneficios empresariales. La acumulación de capital (es decir, la absorción de los beneficios generados en la producción de bienes y servicios y en las inversiones financieras) se presenta como el único objetivo al cual se supedita toda actividad empresarial.

No hay duda de que hay un importante elemento de verdad en esta lectura de la motivación del mundo empresarial. Pero no es toda la verdad. En realidad, tenemos evidencia empírica de que esta explicación es insuficiente, pues el empresario frecuentemente no apoya intervenciones públicas que incluso le generarían más beneficios. Así, hoy estamos viendo que la patronal está apoyando políticas de austeridad (recortes de gasto público y salarios) que están afectando negativamente a sus beneficios, pues tales medidas de austeridad están reduciendo la demanda de los bienes y servicios que esos grandes empresarios están produciendo. En realidad, puede mostrarse que aquellos países que tienen mayores salarios y más gasto público social, distribuido universalmente (como los países nórdicos), con menores desigualdades, tienen mayor demanda y actividad económica que aquellos, como en el sur de Europa, que tienen salarios más bajos y Estados del Bienestar más reducidos. En otras palabras, países menos desiguales tienen mayor eficiencia económica que países muy desiguales. ¿Por qué entonces la patronal de los países del sur se opone a medidas públicas encaminadas a reducir las desigualdades?

Y la respuesta no es difícil de ver. La gran patronal desea sobre todo poder, en relación con los agentes de los cuales derivan sus bienes y servicios, y muy en particular del mundo del trabajo y de los otros segmentos de la población. El poder (es decir, la capacidad de, en términos relacionales, tener mayor capacidad de decisión que otros) es su mayor objetivo. En realidad, la acumulación de beneficios es un medio para alcanzar tal fin. Y de ahí su enorme deseo de influenciar, cuando no controlar, los mecanismos de decisión no solo privados sino también públicos, incluidos los medios de información y persuasión.

Y ahí el mayor defecto del conocimiento económico. Que en sus modelos clásicos no toma en cuenta en absoluto esta relación de poder. Asigna erróneamente al mercado este poder de decisión, lo cual ignora la enorme importancia que tiene para entender la economía el conflicto político-cultural-ideológico que la configura.

Como bien dijo John Kenneth Galbraith, uno de los economistas más agudos que EEUU haya tenido, en su famosa lección inaugural del Congreso Americano de Economía, “el gran punto flaco de la teoría económica neoclásica es que, al eliminar el poder del foco de análisis, ha despolitizado el conocimiento económico, distanciándolo del mundo real” (citado en “Pursuing Profits – or Power?” de James K. Boyce, Dollars and Sense, July/Aug. 2013, p.8). Y ahí está la causa del gran fracaso del conocimiento económico actual, que no predijo la crisis actual, la más profunda desde la Gran Depresión. En realidad, los únicos que la predijeron fueron economistas heterodoxos – como Dean Baker, del Center for Economic and Policy Research de Washington – que centran sus análisis en la relación entre el poder financiero y el estado federal de EEUU dentro de un periodo de gobierno de la Federal Reserve Board que se puso claramente al servicio de dicho capital. Otro ejemplo es Thomas Palley, que centró el origen de la crisis en el crecimiento de las desigualdades en la distribución de la renta resultado del conflicto Capital-Trabajo, con gran dominio del primero (ver mi artículo “Capital-Trabajo: el origen de la crisis actual” en Le Monde Diplomatique. Julio 2013).

De lo dicho se puede concluir que el mayor oponente de las políticas redistributivas son las clases más pudientes, y ello debido a que son las que pierden recursos que son redistribuidos y también los que ven su distancia social, política y cultural con la mayoría de la ciudadanía disminuida como consecuencia de la reducción de las desigualdades. Así de claro.

Una última observación. Un ejemplo claro de la insensibilidad hacia el contexto político del fenómeno económico y financiero es el trabajo de los economistas receptores del Premio Nobel de este año (Fama y Hansen), que desarrollaron modelos interpretativos del comportamiento de los mercados financieros que ignoraron completamente el hecho básico y elemental de que el impacto político sobre tales mercados es el determinante de su comportamiento. La evidencia de ello es abrumadora. La supuesta desconfianza de los mercados financieros hacia los bonos públicos de los Estados periféricos de la Eurozona, incluyendo España, se diluyeron rápidamente con la declaración del Presidente del Banco Central Europeo de que haría todo lo posible para apoyar el euro. Atribuir el comportamiento de aquellos mercados  basados en un modelo de equilibrio, es de una ingenuidad que por desgracia se traduce mucho en el pensamiento económico dominante de sensibilidad liberal.

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